Una mirada…terrenalmente angelada (517) por Miryam Dietrich

2018-05-29 Una mirada…terrenalmente angelada

Buen día angelito humano: un cambio de clima casi cercano al verano porque el otoño ha perdido el rumbo y no se anima a instalarse en este espacio.

Un escrito sin fotos porque las mismas palabras evocan en pinceladas mágicas, instantes vividos en estados para nada confundidos.

Un evento terrenal que me lleva a Villa Carlos Paz. Y me obliga a tomarme un día como si turista fuera viniendo desde afuera. Dejo mi camioneta en un Hospital de Parabrisas por cuanto una piedra bipolar, aterrizó sobre aquel produciéndole un daño que significó la necesidad de un cambio. Porque habrá horas de espera, camino la costanera.

El sol me impacta de lleno y camino sin rumbo conciente hacia un sitio que me marca el GPS de mi mente.

Entro a un espacio físico que he vislumbrado brevemente en otros viajes. Me siento afuera, esperando que la magia aflore y tomo enseguida cuaderno y lapicera. Una suave brisa comienza a despertar mis otros sentidos. Al fondo, un paisaje de montañas serranas que me llenan de recuerdos de tiempos idos. Tiempos de esos de los que hablo en mi nuevo libro.

Un gorrión desaprensivo buscando unas migas, mientras un gato negro y blanco (Negro y Blanca Camino de las señales) maneja su expectativa. Música de Puerto Rico. Un suave oleaje hacia el interior que viene desde el Lago San Roque. Unas palmeras en la ribera de enfrente que generan tropical ilusión.

Una pileta impecable con poltronas mirando el agua. El gato se aleja cansado de esperar esas expectativas que cumpliéndose no están. Y el gorrión llama a otros hermanos pájaros para hacerse un festín entre las migajas que la brisa no ha borrado.

Un cielo impecablemente celeste cortado al medio por la estela de un avión a chorro, que genera la ilusión de una bandera argentina.

Mientras el sol hace brillar el agua, unas olitas “ovejitas” insisten en entrar hacia tierra firme donde se han de romper en blanqueada espuma.

Deportistas corriendo por la vereda de la costanera mientras, de tanto en tanto, un auto rompe esa especie de silencio que ha sido dado.

LAS GRANDES VERDADES SON SIMPLES, me han dicho ELLOS.

Una tozuda flor lila, ha florecido en una maceta que aunque soporta el frío y las brisas, ha sido apapuchada por el sol. Y ella triunfante, se erige con tezón. Una muestra radiante de EL QUE QUIERE PUEDE.

Sillas azules esperando ser ocupadas mientras las sombrillas cerradas se niegan a jugar con las brisas.

En la costa de enfrente, un resquicio entre construcciones de altura y árboles, permiten espiar a los autos que pasan por la ruta 38  rumbo a Bialet Masse.

Se aprecian dos construcciones descarnadas, las que aún no han sido terminadas.

Arena con viejas pisadas de adultos humanos que han andado por estos lados. Y una pareja con el común denominador, de hablar de otros, de los que no están allí sentados.

¡¡¡Glups!!! De golpe observo un botecito con un señor remero que con denuedo rema contra la corriente. ¿Quizá una alegoría de los argentinos que parecería que están remando al revés, casi como contra toda lógica conciente?

Ingreso al salón cerrado porque la brisa ha aumentado. Y desde allí, casi mirando como con vidrios ahumados, observo dos perros callejeros que ingresan como dueños del espacio, uno a meterse dentro de la pileta para tomar agua casi jugando y el otro mucho más educado, como si fuera un duque de antaño, se sienta al costado, cuelgan sus patas sobre el borde piletero y saca una lengua que, parsimoniosa, se conecta con el agua para calmar la sed de su amo.

El perro atropellador sale, dejando sus marcas de agua camino hacia otros espacios y el educado lo sigue con respeto a la distancia.

En silencio, les envío a ambos saludos de amor.

Interín hago y recibo llamados. Aunque el tiempo lineal me acobarda, cancelo mi cuenta y salgo. Retorno por la costanera mientras el sol acaricia mi espalda. Y voy dando gracias a todo lo que me rodea y a la piedra bipolar que me obligó a parar.

Trabajo de turista en mi propia tierra. Camino y camino hacia el encuentro de una amiga de años, para un capuchino compartir mientras corremos el velo de ausencias mutuas y nos contamos…esas cosas que hacen a la amistad entre mujeres de antaño.

Risas, alegrías, tristezas, emociones todo ello en una mesa de bar donde todos miran todo y nadie ve a nadie. La city.

Llego al Hospital de los Parabrisas y veo oronda a mi camioneta parada con su nuevo look, sobre una calle de bajada. Y parto suavemente hacia mi casa, distante a unos 70 kilometros.

Siento una vez más las presencias de ELLOS, quienes me repiten como en letanía: LAS GRANDES VERDADES SON SIMPLES.

Y agradezco poder vivir en esta tierra, entre paisajes de ensueños mientras “turisteo” la vida.

Hoy ya las palabras de mi nuevo libro, están viajando hacia la editorial. Y ELLOS me dicen: “PARA PODER VER HAY QUE SABER MIRAR”

¡¡¡Gracias a Villa Carlos Paz y a esta Córdoba inmemorial!!

 

 

 

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